Entrevista a Antonio Flores, enólogo de González Byass
Antonio Flores, enólogo y master blender de González Byass, lleva toda su vida interpretando el vino de Jerez desde uno de sus lugares más emblemáticos: Bodegas Tío Pepe. En esta entrevista profundizamos en el vino más allá de la solera, del pago o de la figura esencial del consumidor: el vino de Jerez como obra viva, como memoria del ser humano y como cultura vitalista.
Antonio Flores: La IA no va a suplantar a la realidad absoluta, nunca. Porque la realidad es emoción, sin ningún lugar a dudas. Y eso yo creo que la IA todavía no lo va a conseguir.
Un principiante sobre los vinos de Jerez, acompañado por Antonio Flores (González Byass) bodega fundada en Jerez en 1835
Antonio Flores: Muchas veces todos necesitamos una mirada fresca y nueva que te haga ver cosas que tú a lo mejor no ves, porque tienes la tendencia viciada, ¿no? Has visto cómo es la bodega, que es como una pequeña ciudad dentro de una ciudad, ¿verdad? Con esas calles tan bonitas ahora que ha llegado la primavera. Uno va con su lío diario, con su trabajo, y de vez en cuando ves a un grupo de turistas absortos…
Romualdo Abellán: Justo lo que te iba a decir: a veces, en la rutina del día a día, parece que perdemos un poco la contemplación de la belleza y del tiempo. Claro, yo me he quedado sobrecogido. Porque una cosa es estudiarlo en libros o verlo en fotos y vídeos, pero olerlo… Hay algo en el olor [de las bodegas jerezanas]. Antonio, si tuvieses que definir el carácter de una bota de Jerez como si fuese un personaje de un libro, ¿quién te vendría a la cabeza? ¿O qué bota elegirías?

A: Bueno, pues es una pregunta un poco desconcertante, pero si tuviera que escoger un vino, cogería una bota de palo cortado, probablemente, que es uno de los vinos que más me gusta. ¿Y a qué personaje lo vincularía? Lo vincularía con un artista rebelde en su época, rebelde en todos los conceptos; un pintor, por ejemplo, que causó una revolución en el mundo de la pintura. El palo cortado, como yo le llamo, es el vino rebelde: es el vino que no se deja conducir hacia su destino, que es el de la crianza biológica, y en un momento dado se desvía a la crianza oxidativa.
R: Sobre el palo cortado, justo te iba a decir que se lee mucho que es como el «accidente feliz» que tenéis en Jerez. A día de hoy, con la tecnología que hay, ¿sigue siendo ese misterio biológico que surge espontáneamente o la enología ha avanzado mucho con la ciencia?
A: Evidentemente, la enología ha avanzado. En España creo que hay ya seis facultades de enología; la primera fue la Rovira i Virgili en Tarragona. La enología es una ciencia; hemos pasado de ser observadores —que yo sigo teniendo mucho de observador más que de investigador— a aplicar la ciencia. Indiscutiblemente, hay que tener en cuenta que el palo cortado era un accidente en el siglo XIX y a principios del siglo XX.
Tú imagínate, Romualdo, cuando una bodega grande —como podía ser González Byass o Pérez Megía— fermentaba veintitantas mil botas (botas de 600 litros). Y eso lo hacían en barricas, y cada barrica fermentaba a su aire durante un mes y medio que duraba la vendimia. Los mostos de principios de vendimia eran de mitad de septiembre y los de finales de vendimia tenían una curva muy grande; la fermentación no era homogénea ni igual.
El bodeguero o el capataz se hacía una idea de lo que se había obtenido de grado Baumé —que mide la concentración de azúcar que luego se transforma en grado de alcohol—. Decían: «Bueno, esta vez hemos estado en torno a los 13° Baumé, pues vamos a tener 13° de alcohol». Y clasificaban las botas para crianza biológica, marcándolas con una raya o un «palo» de tiza, y las encabezaban hasta los 15,4°.
Hay que tener en cuenta que nuestra levadura tiene unos parámetros de vida muy limitantes: por encima de 16° no sobrevive. Nos lo llevábamos aproximadamente a 15,4°. ¿Por qué no dejarla más baja, a 13°? Porque entonces entraban invitados no deseados a la fiesta, como las Brettanomyces o las bacterias acéticas. Todo ese cálculo lo hacía este hombre a nariz. Eso tenía un mérito incalculable. Decía: «Bueno, este vino para crianza biológica», marcaba la bota con una raya (lo que yo llamo el lenguaje de la tiza) y le echaba cuatro cuartillos de alcohol a la bota.
Imagínate que en la mayoría de las botas acertaba, pero que una bota, por lo que fuera, en vez de tener 13°, tenía 14,2° y se le iba a 17°. Entonces sobrepasaba el límite de tolerancia de la levadura. Cuando él volvía a clasificar —que eso se hace generalmente a los 6 meses, después de la fermentación y antes del deslío—, lo que esperaba encontrar era levadura, acetaldehído, aromas de panadería y madera… Pero al ver que no había velo, lo que hacía era cortar esa raya o ese palo con una cruz.
Como a mí me gusta decir, de los errores se aprende. ¿Qué aprendimos de ese error? Que era un vino con vocación de crianza biológica (que generalmente suelen ser los vinos más pulcros, de primera yema, obtenidos con menos presión y menos contacto con el hollejo, el raspón o las pepitas) que accidentalmente se había desviado a la crianza oxidativa.
Claro, aquello era un poco incontrolable, porque tú no podías determinar el número de botas en el que te ibas a equivocar. De hecho, era un error anárquico. Una bodega podía tener 20 botas de palo cortado, otra 30 y otra ninguna.
Hoy en día no puede ser así, ¿por qué? Porque ya sabemos por qué se produce el palo cortado y, sobre todo, porque la solera de nuestro palo cortado necesita reposición, necesita ser rociada. Imagínate que yo tengo la necesidad de rociar nuestra solera de Leonor: necesito todos los años 200 botas. ¿Qué hago? Clasifico y cojo las mejores botas que hubieran ido para crianza biológica de Tío Pepe y, deliberadamente, las llevo a 17° o 18° de alcohol.

O sea, que hoy en día hay un palo cortado que indudablemente está reconducido y clasificado con anterioridad. Lo que sí te quiero decir es una cosa: eso no debe quitarle magia, ¿eh? Yo participé en una película que se llamaba El misterio del palo cortado, que se estrenó en la Berlinale, y la prensa la clasificó casi como un thriller erótico. El misterio no se descubre al final, pero el proceso está claro. Lo que nunca puede ser un palo cortado, Romualdo, es la mezcla de un amontillado con un oloroso. Eso es como si hiciéramos un rosado mezclando tinto y blanco: es una mezcla y nada más. Hay que conducir al palo cortado. Y hoy en día, afortunadamente, tenemos medios para hacer todo eso. Yo no me puedo equivocar clasificando ni añadiendo alcohol, porque si no, por la edad que tengo, no estaría ya trabajando en la bodega.
Los vinos de Jerez para un sumiller con síndrome del impostor
Llevo meses con el bloqueo de escritor. Pescando las palabras que permitan comunicar mi experiencia con el vino de Jerez: ¿qué tendré que decir yo del Marco de Jerez? ¿Qué le podré preguntar yo a Antonio que no le hayan preguntado hasta la terrible saciedad? El patrimonio vitivinícola de Jerez es infinito. Y terriblemente intimidatorio. Excavas la historia o te recreas en su presente. Regresas de vuelta con más preguntas que cuando partiste. Sin estudio, sin lenguaje profundo, la grandeza de Jerez no puede apreciarse. Jerez y sus vinos son cultura, historia, arquitectura, literatura, pintura, inspiración, juventud y noble vejez.
El frescor salino y casi yodado de un fino en rama, la profundidad filosófica de un amontillado viejo, los ecosistemas de levaduras que se comunican en las botas y en el ambiente de las bodegas… ¡Qué gran obra de arte humana y memoria es el sistema de criaderas y solera! Y solo se comprende la obra cuando se ve, se huele, se vive. Cuando catas a pie de bota con nuestro gran anfitrión, José Argudo López de Carrizosa, Global Marketing Manager Jereces & Corporate Brand de González Byass.
Da igual cuanto diga aquí: se han escrito y se siguen publicando enciclopedias del saber sobre los vinos de Jerez, su compleja crianza, los plateados destellos de la albariza; el lenguaje de la tiza, los blends, las catedrales-bodegas… Este artículo es una mirada principiante, fresca, tal vez ingenua, sobre el complejo Marco de Jerez. Y en concreto, la bodega histórica que ha tenido la generosidad en acogerme como un visitante privilegiado: Gonzalez Byass, conocida por su marca universal: Bodegas Tío Pepe.
«If sack and sugar be a fault, God help the wicked!»
(Henry IV, Parte I, Acto 2, Escena 4)
«Si el jerez con azúcar es un pecado, ¡que Dios ayude a los réprobos!»; trad. José María Valverde
Tío Pepe en Rama, un emblema de González Byass
Nota para el lector: en el Marco de Jerez, «en rama» se emplea para designar aquellos vinos embotellados con una intervención mínima, sin los procesos habituales de clarificación y filtración. Se busca conservar una expresión lo más próxima posible a la bota y a la crianza biológica, es decir, a lo que allí dentro está contenido en su máxima honestidad. En Tío Pepe en Rama, incluso puede apreciarse una ligera turbidez producida por una flor en suspensión.
Romualdo Abellán: Cuando tú catas a pie de bota, ¿cómo te dejas guiar por tu nariz y tu boca? Imagino que te dejas llevar mucho por la intuición.
Antonio Flores: Yo todos los años clasifico, pero cato habitualmente a pie de bota porque me encanta y creo que es algo que no se debe perder: pisar la bodega y conocerla. Mi padre decía que para hacer un gran vino había que gastar mucha tiza y mucha suela de zapato […] Hay que andártela y tener experiencia, porque eso es fundamental. Lógicamente, yo tengo un programa informático en el que entras, ves todas las bodegas, pinchas una bota y te dice el fabricante, qué vino tiene, qué analítica… Pero eso es teoría pura. Hay que ir a la bodega y hay que catar.
Por ejemplo, de nuestra edición de Tío Pepe En Rama, llevamos haciendo un Tío Pepe sin filtrar desde hace 17 años. Ha sido un éxito increíble, pero la gente está expectante todos los años por ver cómo va a ser. El Tío Pepe En Rama no es igual que el Tío Pepe normal: es la selección de las mejores botas de la bodega, y son diferentes todos los años. Eso es una presión anual.
En mi cabeza, cuando empiezo a catar —ahora me ayuda mi hija Silvia, que representa el relevo generacional—, ya tengo la idea de lo que quiero: a lo mejor un Tío Pepe En Rama más gastronómico, con más boca, menos tanino… Tengo que hacer ese blend o ese cabeceo en mi cabeza y buscarlo en la bota. Es como ir haciendo entrevistas para un trabajo: vas conociendo a los candidatos. Me acuerdo de los primeros años, que a mi hija la volvía loca.
Yo clasifico con una estrella, con dos, con tres, con cuatro y con cinco. Al final solo entran las que tienen cuatro y cinco. Le decía: «Silvia, tú por delante». Y ella: «Esta tres, esta dos… Pero papá, ¿tú qué buscas?». Ya ha aprendido. Nos planteamos la idea general: «Este año va a tener mucha nariz y una boca un poquito más afilada». Para eso hay que ir escogiendo, marcando y combinando. Si un año queremos que sea más gastronómico, seleccionamos botas con más cuerpo. Al final logramos un blend que nos gusta; y si no nos gusta, hay que repetirlo y volver a empezar. Es apasionante, es uno de los trabajos más creativos.
Protagonista: Tío Pepe en Rama 2026. Una selección de las mejores botas procedentes de los pagos de Macharnudo y Carrascal. Crianza biológica sobre velo en flor. En cada saca, Antonio Flores busca una historia diferente, una emoción nueva. En Rama se distingue del fino «habitual» en que posee una expresión menos intervenida y más próxima al vino tal como se encuentra en la bota.
La bodega La Rebollo y el nacimiento de Antonio Flores en González Byass

R: Es un proceso tan diferente a otras bodegas… Creativo y vivo. Te imagino catando por todos los rincones de la bodega. Te pregunto: ¿tienes un rincón favorito para esconderte a pensar y reflexionar?
A: Lo has definido perfectamente. Tú no eres un periodista al uso, por lo que veo; te veo muy puesto. Mira, yo tengo una bodega que se llama La Rebollo. Te voy a contar un poco de historia: cuando el fundador, Manuel María González Ángel, crea la empresa en 1835, lo hace con 23 años. Tiene muy pocos recursos (procedentes de la lotería) y está trabajando en la banca Vargas en el muelle de Cádiz.
Tenía poquísima idea de vino, pero vio que era un negocio que movía dinero con los británicos. Se buscó a su tío, José Ángel y Vargas (el «Tío Pepe»), que era el que sabía de vino en Sanlúcar. El tío le dijo: «Yo te ayudo a montar la bodega y a asesorarte, y no te pido nada a cambio salvo una pequeña bodega que tenga entrada y salida independiente». El fundador marcó esas botas como «las botas del Tío Pepe», y ahí nace la marca de vino comercial más antigua de España.

Pues encima de esa bodega estaba el dormitorio de mi padre. Yo nací dentro de la bodega. Fue una casualidad en la que poco tuve que ver, pero indiscutiblemente ha marcado mi vida y mi carrera profesional. Cuando tengo un día malo o con problemas y necesito relajarme de verdad, me voy allí, cojo una venencia y una copa, y me voy a mi bota. Me tomo una copa y es un retiro, un remanso de paz. Me siento protegido. Es como volver al útero materno: aquí he nacido yo y aquí me siento absolutamente protegido.
La revolución del Marco de Jerez
Romualdo Abellán: Imagínate que coincides con una persona joven. O adulta, lo mismo da. Coge y te dice: «los vinos de Jerez son cosa de abuelos. Algo ya trasnochado». ¿Qué botella le abres en ese momento para borrarle el prejuicio?
Antonio Flores: Hay que abrirle una botella, pero sobre todo explicarle algo. El vino de Jerez ya no tiene ese concepto en todo el mundo. A pie de campo lo hemos ido cambiando con muchísimo trabajo.
Hubo un movimiento en el que las redes sociales ayudaron mucho. Aunque no te lo creas, tengo 70 años, pero he utilizado las redes positivamente porque me dan la oportunidad de abrirme. Me acuerdo de la primera cata que hice en streaming, de un palo cortado Leonor. Detrás de mí, los chicos de comunicación me pusieron un cartel que ponía Trending Topic, y yo no tenía ni idea de lo que era.
Luego me pasaron el informe: «Hemos tenido 1.900.000 impactos». Y dije yo: «¿Pero cuántas catástrofes ha tenido España tan grandes?». Vi que me tenía que dedicar a esto. Lo he hecho de forma experimental y la verdad es que he tenido éxito. En redes solo hablo de vino —ni de fútbol, ni de política, ni de religión— y creo que las he aprovechado bien.
A ese movimiento le llamé «la revolución del Jerez». Se extendió hace ya 20 años y el primer germen no nace en España, nace en Inglaterra, en un pequeño bar en el centro de Londres, en King’s Cross, que se llamaba Pepito Bar. Era una especie de tabanco donde se servía vino de Jerez. Llegó un momento en que en Londres podía haber 30 sherry bars, frecuentados por gente joven con música alternativa. Fue increíble.
De ahí recorrió el mundo hasta que volvió a Jerez. En el Reino Unido sí ha habido un relevo generacional más claro; en España está costando un poco más de trabajo, pero es cuestión de tiempo y de formación. El vino de Jerez necesita acercamiento y contacto.
R: La formación es fundamental.
A: Es fundamental. Ten en cuenta que el enólogo de hace 20 años no salía de la bodega; era un ser prácticamente anónimo. La comunicación del vino la hacían los comerciales o los de marketing. Pero al haber gente joven más formada —como tú, que haces cursos de sommelier—, el nivel de conocimiento es tremendo. La gente quiere que le cuente el vino la persona que lo hace, no el que se lo va a vender.
Cuando empecé a dar catas, aquello parecía el Politburó soviético: todos los ponentes detrás de una mesa muy larga sobre una tarima, dominando la sala, y proyectando tablas con parámetros analíticos que están bien para una facultad de enología, pero no para el consumidor. Yo fui el primero que me levanté y empecé a andar por la sala, para acercarme a los participantes y conectar con ellos. Todas las catas tienen que tener algo de técnica y algo de emoción. Quien lo maneja eres tú, sabiendo si el público de ese día necesita más datos o más emoción. Ese trabajo de formación poco a poco va dando sus frutos.
Además, cierras el circuito del vino completo: lo elaboras, lo crías, lo reconduces, lo vendes y al final te lo bebes.
Sobre los vinos de Jerez y la sensibilidad
Antonio Flores: Yo siempre digo que Jerez no es fácil. Pero ¿hay algo en la vida que sea fácil y merezca la pena? Todo lo que merece la pena exige esfuerzo y dedicación, y a cambio nos ofrece una satisfacción incalculable. Yo nunca soy ortodoxo en mi pensamiento: cualquiera se puede tomar una copa de Jerez sin saber nada de Jerez. Lo fundamental es que te guste. Si te gusta, irás buscando información y formándote, pero ese nivel lo pones tú.
Lo importante es que el vino te transmita emoción. A los comerciales siempre les pregunto: «¿Vosotros creéis que alguien retira una botella de una estantería por el nivel de polifenoles que tenga?». La eligen por precio, por la presentación (packaging) y, sobre todo, por lo que hay dentro o por lo que has sido capaz de transmitirle que hay dentro.
Romualdo Abellán: vivimos en una sociedad donde todo parece ir tan rápido… Los vídeos en redes duran 15 segundos y además la gente los reproduce a velocidad 2x. ¿Cómo se comunica un vino que precisamente exige cariño, paciencia y memoria? El propio sistema de soleras me parece casi un acto de resistencia natural: el vino viejo que se nutre del joven y sobrepasa la barrera del tiempo.
A: Si has sido capaz de ver eso, has encontrado el secreto del Jerez. El sistema de solera y criaderas parece homogéneo, pero cada bota es diferente porque cada bota es un ecosistema. Aunque participa de la escala superior y cede vino a la inferior, es un entorno donde la naturaleza respira, se alimenta y evoluciona. Recibe nutrientes y cede a su vez: eso es la generosidad, por eso son vinos generosos.
Hace falta sangre nueva que renueve la solera. Y eso necesita tiempo y paz. Claro que es un sistema costoso: nuestro vino más joven, Tío Pepe, tiene 4 años de crianza media, y hay una pérdida por evaporación (la «mermas» o la «parte de los ángeles») de un 5% anual. Es un inmovilizado enorme. Por parte de los propietarios tiene que haber romanticismo y respeto por la tradición. Somos eslabones en una cadena generacional, y lo importante es que no se rompa nuestro eslabón.
Protagonista: Tío Pepe, 4 años de crianza media. El mítico e inmediatamente reconocido. Vino 100% procedente de uva Palomino Fino, de crianza biológica y que como mínimo reposa 4 años en bota de roble americano siguiendo el sistema tradicional de criaderas y solera.
R: sobre el legado, lo alucinante cuando paseas por esa enorme catedral es que ves botas que han visto pasar el siglo XIX.
A: Vengo de Madrid, de presentar en Christie’s una colección de botellas de nuestro botellero, algunas de 1886. Una de las botellas que subastamos fue la Añada Milenio: un blend hecho con un vino de cada década del siglo XX. Con esa botella te estás bebiendo la historia de un siglo completo, con sus guerras y sus revoluciones. Hay una historia detrás que emociona y que da al vino un valor incalculable.
Protagonista: González Byass Millennium Oloroso, una edición limitada de 2.000 botellas numeradas, embotellada con motivo del cambio de milenio. Se elaboró ensamblando diez añadas, una representativa de cada década del siglo XX: 1902 · 1917 · 1923 · 1935 · 1946 · 1957 · 1962 · 1977 · 1983 · 1992.
La crianza biológica y el velo en flor: la bodega como segundo terroir en los vinos de Jerez
Romualdo Abellán: el velo en flor: esas levaduras que viven en condiciones tan específicas. He oído por ahí que se comparan los vinos de Jerez con los vinos del Jura en Francia, Tokaj o elaboraciones en Sudáfrica y Australia. Aquí en España también están Montilla-Moriles o Rueda. ¿Qué es lo único y radicalmente distinto de la levadura que tenéis en Jerez?
Antonio Flores: Las levaduras son distintas en cada zona; son microorganismos adaptados al entorno. Son familias de Saccharomyces cerevisiae (fundamentalmente chevallieri, montuliensis, rouxii y beficus). Es un hongo unicelular que vive en fase aerobia: necesita oxígeno para vivir, pero al mismo tiempo protege al vino de la oxidación. Si miraras una muestra al microscopio, verías que el ser vivo dominante en una bota de Jerez es la levadura. Dejas una copa de Tío Pepe filtrada encima de una bota y a los tres días empieza a crear flor.
Estas cuatro subfamilias trabajan en equipo: una forma más rápidamente el velo, otra consume más etanol, otra más glicerina… Y las poblaciones varían incluso dentro de la misma bodega. Si hacemos un recuento en la bodega La Constancia y otro en Marqués de Bonanza, las poblaciones son distintas. Ahí está el estilo de cada bodega.
¿Qué nos hace únicos? Primero, la ubicación geográfica y el suelo (la albariza). Ahora hay una tendencia entre los jóvenes productores —amigos a los que quiero y respeto mucho, como Willy Pérez o Ramiro Ibáñez— a darle muchísimo valor al suelo y al viñedo. Me parece muy bien, porque en cierta forma se había olvidado la viña. Antes, cada pago o cada villa tenía su pequeño lagar y su identidad. Al crearse las grandes plantas de molturación, todo se unificó y se perdió parte de esa identidad del suelo.
Esta gente joven está recuperando eso. Nosotros innovamos mirando al pasado. ¿Cuánto daría una zona como Ribera del Duero por tener el pasado de Jerez? Claro que ellos a veces dicen que la levadura «maquilla» el suelo, pero hay que matizarlo. Montar una bodega tradicional en Jerez con pocos recursos es imposible por el músculo financiero que requiere.
Estos chicos lo han hecho muy bien: compran uva en parcelas concretas, tienen 15 o 20 botas y hacen pequeñas producciones. Eso es pura afición. Lo importante es que arrastran a mucha gente joven a interesarse por el vino. Y el fenómeno de los vinos de pasto —de los que lo único que no me gusta es el nombre— es un concepto muy bueno: vinos jóvenes, con menos crianza, fáciles de beber y muy gastronómicos.
Pero volviendo a tu pregunta: ¿qué diferencia a Jerez de las demás zonas? El segundo terruño. En Jerez hay dos terruños: la viña (el suelo) y la bodega. La bodega reúne todas las condiciones de un terruño: orientación hacia el mar para recibir la brisa fresca, techos altos para regular temperatura y humedad, y el factor humano. La persona que trabaja con esos vinos es la que sabe conducirlos.
El sistema de soleras solo tiene un talón de Aquiles: la frecuencia de las sacas. Si abusas de las sacas por la demanda, el vino se deteriora. El factor humano es el que dice: «Aquí solo se hacen dos sacas al año y no más». Y luego está la higiene: en la crianza biológica, todas las herramientas (canutos, tubos de rocío) tienen que ser de acero inoxidable y esterilizarse a diario, porque el sistema de soleras es un contaminador perfecto. Si una bota coge Brettanomyces o acética y rocías hacia abajo, contaminas toda la solera.
Los vinos de Jerez reviven, evolucionan: presente y futuro
R: Hemos hablado de esta nueva generación como Willy Pérez, Ramiro Ibañez y otros (nota a pie de página con Navazo y similares) que han vuelto la mirada al origen. También hay proyectos que se dedican a seleccionar botas por distintas bodegas.
A: Sí, claro, esa es otra práctica recuperada del pasado: los «marquistas». Seleccionaban, compraban y embotellaban con su marca. Un ejemplo claro fue el Equipo Navazos, formado por Eduardo Ojeda y Jesús Barquín. En su momento sentaron una tendencia al seleccionar botas excepcionales en distintas bodegas. Eso demuestra que aquí casi nada está descubierto: la bodega más antigua en activo data del siglo XVIII. Todo está ya decantado por el tiempo.
Nota para el lector: Equipo Navazos, La Bota de Fino “Macharnudo Alto”; Willy Pérez, La Barajuela; Ramiro Ibáñez, UBE Miraflores; y De la Riva, el proyecto conjunto de Willy Pérez y Ramiro Ibáñez. Cuatro aproximaciones distintas y sus referencias clave. Una mirada renovada del pago, las elaboraciones históricas y la identidad vitícola de Jerez.
R: después de toda una vida dedicada a este mundo y habiendo nacido literalmente encima de la bodega, ¿qué es lo que más ilusión te haría como legado para las futuras generaciones?
A: En un momento en que el consumo general de vino está cayendo en todas partes —quizá porque las nuevas generaciones cambian hacia otros hábitos—, mi gran ilusión sería ver que el vino de Jerez vuelve a ocupar un lugar protagonista en el mundo. Las cosas con valor siempre vuelven a renacer.
Siempre enseño con orgullo un recorte de prensa de finales del siglo XIX del periódico El Imparcial. Venía la lista de precios de un almacén de la Plaza Mayor de Madrid: una botella de Tío Pepe costaba 6,50 pesetas, más cara que un Château Lafite o un Château Margaux. Cuando un empleado público ganaba una peseta al día, una botella de Tío Pepe equivalía al sueldo de seis días.
Aquellos precios probablemente no volverán, pero sí es necesario que el Jerez recupe valor y precio. A veces digo que Tío Pepe es el vino más democrático del mundo, porque por 9 euros te llevas a casa un vino de calidad internacional con cuatro años de crianza. Mi ilusión es que recupere su sitio en el mundo y ver a mis hijas y a la siguiente generación dándole riqueza y dignidad a este oficio.
Fundada en Jerez en 1835 por Manuel María González Ángel, González Byass sigue siendo hoy una compañía familiar y una de las grandes casas históricas del vino español. Pocos años después se incorporó al negocio el comerciante británico Robert Blake Byass, cuya alianza con la familia González acabaría dando nombre a la bodega que conocemos hoy. Desde sus históricas soleras jerezanas, el grupo ha extendido su actividad a algunas de las principales regiones vitivinícolas de España y también a Chile y México, con proyectos como Beronia, Viñas del Vero, Vilarnau, Veramonte o Neyen de Apalta. Su cartera está presente en más de cien países.
Ese músculo empresarial no ha diluido su vínculo con Jerez. Al contrario: la conservación de vinos históricos, el trabajo con largas crianzas, la continuidad de Tío Pepe y los proyectos orientados a preservar viñedos viejos muestran una casa que sigue entendiendo su patrimonio como algo vivo. En 2026 fue reconocida, además, por Mundus Vini como mejor productor de vinos generosos de los últimos veinticinco años. Más que limitarse a custodiar una parte fundamental de la historia del Marco de Jerez, González Byass continúa teniendo capacidad para intervenir activamente en su presente y su revitalizante futuro.
Bibliografía y citas:
- Ballesteros Torres, Pedro. 2026. Los lugares del vino. Barcelona: Planeta Gastro.
- Shakespeare, William. 1973. Teatro completo. Traducido por José María Valverde. Barcelona: Planeta.
- Si quieres contratarme como periodista sumiller o como publicista especializado en gastronomía y el mundo de los vinos, puedes conocerme en mi web o a través de mi propia agencia de creatividad, Majao Studio.
- Si te quedas con ganas de leer más sobre vinos, te propongo sumergirte en la modernización de los vinos ibicencos y los viñedos de pie franco en Ibiza en este otro reportaje: enlace.